A Dios demos gloria

A Dios demos gloria

¡A Dios demos gloria, pues grande es Él! Darle la gloria a Dios, en vez de dárnosla a nosotros mismos, es una opción basada en Su Palabra. Cuando decidimos darle la gloria a Dios, entonces podemos andar en ese amor de Dios que nunca deja de ser.

El amor de Dios no es jactancioso. Para andar en amor, hay ciertas cosas que necesitamos evitar y la jactancia es una de ellas. Podemos ver esta verdad en el décimo tercer capítulo de I de Corintios.

1 Corintios 13:4:
El amor [el amor de Dios] es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece.

La palabra que se traduce del griego como «jactancioso» significa: uno [o una] que se fanfarronea, que es presumido, que aparenta ser más de lo que en realidad es. En lugar de buscar la gloria para nosotros mismos, nosotros hemos de darle la gloria a Dios.

2 Corintios 10:17:
Mas el que se gloría, gloríese en el Señor.

En nuestro andar cristiano, podemos darle la gloria a Dios si permitimos que la atención se enfoque en Él. En el escenario de un teatro, por ejemplo, el foco mantiene la atención del público en la acción del actor o de un personaje específico. Puede haber una variedad de actividades llevándose a cabo en el escenario, pero la luz del foco se dirige principalmente en lo que se debe enfocar. Nosotros, de igual manera, podemos mantener el enfoque en Dios, manteniendo la atención en lo que Él ha hecho, en lo que Él puede hacer o en lo que Él hará por otros. 

Jeremías 9:23 y 24:
Así dijo Jehová: No se alabe el sabio en su sabiduría, ni en su valentía se alabe el valiente, ni el rico se alabe en sus riquezas.
Mas alábese en esto el que se hubiere de alabar: en entenderme y conocerme, que yo soy Jehová, que hago misericordia, juicio y justicia en la tierra; porque estas cosas quiero, dice Jehová.

Cuando reconocemos que el amor de Dios no es jactancioso, podemos decidir quitar el «foco de atención» fuera de nosotros mismos—de nuestra sabiduría del mundo, de nuestras riquezas, de nuestros logros—y la dirigimos hacia Dios. Podemos darle la gloria a Dios si nos enfocamos en Su grandeza, Su bondad, Su poder, Su amor; y así atraemos la atención de otros hacia esas extraordinarias verdades.

Como I Corintios 13:8 lo expresa: «El amor nunca deja de ser». Está garantizado que el amor nunca estará pasado de moda. Para decirlo en una manera positiva: el amor de Dios permanece para siempre. Permanece por la eternidad y nos beneficia ahora y en el futuro. Al darle la gloria a Dios, entonces andamos en ese amor de Dios que nunca deja de ser, causando un impacto, no solo en nuestras vidas, sino también en las vidas de otros.

En mi trabajo como vendedor, yo he tenido una cantidad importante de éxitos. Estas victorias han atraído la atención de otros empleados y jefes, quienes a menudo me han preguntado cuál es la razón de tales éxitos. Yo les comparto acerca de las acciones prácticas que he tomado. Sin embargo, mi gozo mayor es cuando les comparto de la sociedad que Dios y yo tenemos, y acerca de las respuestas específicas que Él le da a mis oraciones relacionadas con el trabajo. Yo sé que mi éxito, y así se lo expreso a todos, se lo debo a Dios y le doy a Él la gloria. 

Este simple cambio de dirección de nuestro enfoque, de nosotros a Dios, es poderosísimo. A la vez que alejamos la atención a nuestras propias habilidades y honores y llevamos el enfoque de esa atención a Dios, Quien es Omnipotente y Todopoderoso, le estamos dando a otros la oportunidad de creer y de conocer a nuestro poderoso Dios.

Por medio de darle a Dios la gloria y de mantener el foco de la atención en Él, somos capaces de andar en ese amor de Dios que nunca deja de ser. Podemos glorificar a Dios con nuestro hablar, dándoles a otros la oportunidad de conocer y de glorificar a nuestro amoroso Padre celestial. Y como lo dice el himno «A Dios demos gloria»:

«Dad loor al Señor, Oiga el mundo Su voz;
Dad loor al Señor, Nos gozamos en Dios.
Vengamos al Padre por Su Hijo Jesús,
Y démosle gloria Por Su plenitud».

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